Es posible que “Carmen” sea una de las óperas más populares. Situación por demás paradójica si consideramos que su estreno, en 1875, fue un tremendo fracaso. La calificaron de inmoral y Bizet sufrió la burla y el repudio. Se le criticaba la excesiva sexualidad y violencia. Con el paso del tiempo se ha convertido en un referente obligado de la cultura francesa. Todos hemos escuchado la famosísima “Habanera” y, por lo menos, creemos conocer la historia de la sensual gitana. O, ya de perdis, recordamos a Bart Simpson cantando “Toreador, cuando hace calor…”
Pues bien, el pasado sábado 16 de enero nos lanzamos al Auditorio Nacional para ver la transmisión en HD de “Carmen” de Bizet, desde la Metropolitan Opera House que, aunque Pavarotti decía que el Convent Garden resultaba el mayor reto para todo cantante de ópera, esta casita no se queda corta en cuanto a la presión ejercida sobre los afortunados y el prestigio otorgado a los que se ganan el derecho de pisar su escenario.
A pesar de las incomodidades obsequiadas por quienes no se saben comportar, el señor que estaba sentado junto a mí creía que mi asiento era parte del suyo, la señora de atrás se dedicó a explicar lo que sucedía a su acompañante, los de enfrente pensaron que entre el primer acto y el segundo había intermedio y, entonces, se pararon para después regresar apurados a sus asientos tras darse cuenta de su error y, por supuesto, estorbar a los que, muy decentes, permanecimos sentados… Bueno, tras todo eso y el sándwich más caro de mi vida, la función dio inicio: Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975), un jovencísimo director de orquesta, se deshacía al ritmo de la música para dar paso a la apertura del telón y a la primera de dos coreografías narrativas ideadas por el joven Christopher Wheeldon; después, la presentación del contexto planteado por los soldados y la gente en la plaza; más adelante, el encuentro entre Micaela (Barbara Frittoli) y Don José (Roberto Alagna); y, al fin, lo tan esperado, la aparición de Carmen. Una hermosa lituana: Elïna Garanča (bella, de verdad) hizo una entrada majestuosa (http://www.youtube.com/watch?v=V_TB9sahYP0&feature=related). No sólo es voz lo que tiene esta joven mezzosoprano de 33 años, es una estupenda actriz. Talento no tan frecuente entre las cantantes de ópera. Saben moverse en el escenario y tienen una proyección incalculable pero sus expresiones faciales suelen estar más en relación con el esfuerzo vocal, resultando difícil conseguir cambios sutiles. Los matices de Elïna sí que lo son, tanto en su rostro como en su lenguaje corporal, dejando ver la complejidad del personaje. Carmen no sólo es una seductora sin remedio capaz de destruir a cualquier hombre. Es una gitana dura pero con la inocencia suficiente para enamorarse. Pero sus ilusiones no se centran en el hombre en turno, su sueño es de libertad. Carmen quiere ser de sí y para sí, situación complicada en una comunidad como la formada por los gitanos. Una circunstancia difícil para una mujer que trabaja en la fábrica de tabaco.
Anteriormente, Garanča y Alagna habían compartido la experiencia de montar “Carmen” y esa química se notó. Las escenas de amor, así como las de odio, estuvieron llenas de pasión y energía. No quedaba más de Garanča y Alagna en el escenario, era Carmen embrujando a Don José. Era Don José muerto de celos a causa del torero: Escamillo. Eran ambos en un enfrentamiento final que no podía sino terminar en muerte. Qué más puede suceder en una ópera. Muerte, muerte y más muerte.
Dudo que para el productor, Richard Eyre, retomar una ópera tantas veces representada haya sido cosa de niños (aunque parece que si se rodeó de infantes treintañeros: el director, el coreógrafo, Carmen). Salió avante. El balance: cuatro actos fascinantes, coreografías narrativas que pusieron a bailar a la misma Elïna, un vestuario soberbio, un intermedio, tres horas y media y, por supuesto, una enorme ovación que se extendió desde Nueva York hasta el Distrito Federal.
¿Vale la pena asistir a las transmisiones en el Auditorio Nacional? Sí, a pesar de que hay gente que no se sabe comportar. Sí, créanme, no es sólo una pantallota. La próxima que me espera: “Simon Boccanegra” con Plácido Domingo (febrero 6). Ya tengo mis boletitos. Seguro aún hay para ustedes.