Lo primero que voy a hacer es una confesión. Sí, me confieso claustrofóbica. No del tipo de quienes se encuentran en un cuarto cerrado y empiezan a sufrir asfixia y a ver luces de colores. No, pero sí me angustio en el vagón del metro y, si el elevador dice “máximo 6 personas” y entran 5 ya como que me quiero bajar, aunque no pierdo la compostura. Misma que intenté mantener ante “La jaula de Mallik”. Literatura claustrofóbica hubiera subtitulado a la obra si alguien me hubiera preguntado. Por fortuna, para el texto y el tema mercadológico, nadie lo hizo, preguntarme. Y es que estos textos del encierro, que se buscan a lo largo de las doscientas y poquitas páginas para formar una novela gemelar, lograron enjaularme en su lectura. El problema, o no, es que, luego, ya no ansiaba tanto mi libertad. Estaba sometida a la narración de Carlos González Muñiz. Ni modo.
En principio, sometida a la oportunidad de presenciar la refiguración de la Segunda Guerra Mundial a partir de una puesta en escena conducida por un general y actuada por cautivos, por prisioneros. Sí, muchas son las historias que se han desencadenado so pretexto de narrar, y no olvidar, la segunda gran guerra, pocas originales en verdad. En este caso, en “El mar interior”, el texto que abre el libro que nos reúne, realmente la segunda guerra se convierte en una mera excusa para compartir al lector el dolor, la impotencia y el sadismo del que puede ser capaz el ser humano. Lo peor, el narrador ni se inmuta. Sólo está ahí para contar, nada más, no tiene la menor intención de empatía con nosotros, sus lectores. Ni siquiera cuando la función termina en tragedia, es como si nos dijera: “Vamos lectores, de qué otra forma podría terminar”.
Mi segunda atadura se forjó gracias a un perverso regenerador de la especie humana. No, Carlos no, Mallik, el que da título al libro, el inventor de la prisión perfecta para reivindicar al hombre, otorgarle la bondad de que es capaz cualquier animal. Sí, Mallik crea una jaula en la que el prisionero puede convivir con animales de varias especies y aprender de ellos la natural benevolencia instintiva. Al menos, ésa es la idea con la que se pretende regenerar a Carlos Dimas. ¿Será? ¿Ustedes creen que semejante experimento funcione? Lo único que puedo decirles es que lo hace, al menos en cuanto a logro literario nos concierne.
Las cerraduras tres y cuarto son los complementos de esta novela gemelar, siamesa, ahora que lo pienso mejor: “Una lámpara transversal. La prisión del maestro Tsuda Sokichi” y “La fiesta de Lucía Mallik”.
Primero, el rescate de una tradición que ha cobrado fuerza literaria, para los lectores mexicanos, en estos últimos tiempos: la recreación de la cultura japonesa. Ni más, ni menos. Atrevimiento literario y homenaje de Carlos hacia sus admirados autores. Creo. Una historia de encierros, de prisiones, siendo la más poderosa, la del amor. La del deseo permanente sufrido en ausencia. En ausencia del ser amado que no es otro sino el autor de la obra representada en un principio, en “El mar interior”. ¿Voy dejando clara la analogía genética?
En cuanto al segundo complemento: “La fiesta de Lucía Mallik” debo confesar que me remitió a uno de mis consentidos: Luis Buñuel y El discreto encanto de la burguesía. Algo en el tono irónico y en el dejo de crueldad e hipocresía, y en el encierro, por supuesto. Aquí la genética actúa de forma directa y, sin complicaciones, Lucía Mallik es esposa de Gustav, el creador de la jaula, la de la parte dos, la que da título al libro…
Vamos a ver: a la hora de definir los elementos uno tiende a confundirse. Mucho más si soy yo quien genera la confusión. Primero hablo de una novela gemelar, luego corrijo para concluir que es siamesa. ¿Qué es lo que Mayra quiso decir?, podrán preguntarse varios y con razón. ¿Son gemelas “El mar interior” y “La jaula de Mallik”? En alguna medida pero no me refería a ellas. En concreto, y por eso prefiero lo de siamesas, la tercera y la cuarta cerraduras funcionan como un, ¿qué será?, ¿spin off, para ponerme televisiva? Eso me convence y puede aclarar el asunto. “Una lámpara transversal. La prisión del maestro Tsuda Sokichi” y “La fiesta de Lucía Mallik” podrían formar parte de las dos primeras novelas pero, aún así, el autor quiso separarlas porque también funcionan por separado. Entonces, forman parte del mismo organismo y, al mismo tiempo, son organismos diferentes. ¡Vaya complicación! Y yo con claustrofobia. El asunto, a pesar de mi confusión al hablar, y para evitar su confusión al escuchar, es que “La jaula de Mallik” es un aparato literario formado por cuatro componentes que valen la pena por sí solos, que se unen en pares y que funcionan, soberbiamente, cuando el cuarteto es completado gracias a nuestra lectura. Por eso termina siendo siamesa, porque al llegar a la última página algo, una unión, nos obliga a concebir “La jaula de Mallik” como un todo placentero que nos sorprende y nos reta gratamente.
Entonces, las referencias genéticas que he venido haciendo son culpa de una estructura de hilvanes que consigue transportarnos de una parte a otra del texto sin perder de vista que las demarcaciones de las cuatro son las mismas: el encierro y la curiosidad que despertamos todos nosotros, viles mortales, en el autor, especialmente a causa de nuestros límites. ¿De qué otra forma podríamos explicar que Carlos sea capaz de abandonar a una mujer a la contemplación de su amado hasta pintar canas? ¿Es un sádico? Quizá, prefiero pensar que es un melancólico y sí, un curioso, un morboso, como todos a los que nos apetece la literatura.
Pero la literatura, como las prisiones, también tiene sus límites. Es entonces cuando este libro me vuelve a atrapar. Con un afán meramente enumerativo, puedo decir varios epítetos que podrían funcionar como frases para las siguientes contraportadas de los libros de Carlos:
• “Llama la atención cómo el autor es capaz de integrar piezas del absurdo dentro de un planteamiento congruente”. Quizá porque prefiero pensar que es absurdo que un hombre sea capaz de idear la jaula perfecta para su semejante a considerarlo una posibilidad real. Otra:
• “Los mecanismos fantásticos son trascendidos por el profundo padecimiento de los personajes”. Ahí el sadismo que antes mencionaba.
• “Los barrotes dentro de la novela son apenas una alegoría de la prisión a la que logra transportar al lector”. Recuerden, me confesé claustrofóbica.
Y me podría seguir un buen rato. Pero no estoy aquí como publicista ni mucho menos. Si acaso, intento descubrir cómo es que funcionan estos textos, cómo es que son capaces de contagiar a sus lectores. Es cierto, ante cualquiera de las frases anteriores, un cúmulo de detractores podrían decir que es pura demagogia. No es así. Carlos González Muñiz logra encarcelarnos por completo, contagiarnos del miedo de los personajes, trasladarnos a las situaciones tan temidas.
En fin, concluyo con otra confesión: Siempre me he inclinado por el atrevimiento en la literatura. Especialmente lo agradezco cuando proviene de plumas mexicanas. A veces, los ensayos son fallidos, el experimento termina clausurándose a sí mismo y al final queda un sabor de frustración por lo que pudo ser y no llegó a conseguir el autor en quien había depositado mi confianza. En este caso, aplaudo el atrevimiento de Carlos. Mucho más, porque, en este caso, lo llevó a buen término.
Nota: "La jaula de Mallik" (Tierra adentro) está a la venta en todas las librerías Educal.