Bibliómano por ansiedad
El diccionario dice que un bibliómano es aquel sujeto que siente una pasión desbordada por los libros sin que a ésta anteceda un interés particular, un ansia de erudición o el gusto por lo que lee. Entonces, también padecen esta compulsión aquéllos a los que les da por leer todo lo que se les aparece enfrente. Creo que soy uno de ellos. Tengo un vago recuerdo de cuando aprendí a leer (quiero decir, a decodificar signos porque a lo otro nunca se acaba de…). Cuando aprendí a usar la “ese” llegué muy contento a casa a contarle a mi madre que ya podía escribir el nombre de una de mis maestras. Pero Sesi no se escribe así… Luego viene una enorme laguna hasta que me descubro inmerso en una mecánica un tanto agotadora: yo leía una página, mi madre la siguiente y así hasta el agotamiento. Tanto, que pronto tuvimos que optar por leer lo mismo pero en voz baja.
Al margen de que nunca dejaré de estar agradecido por ese impulso, me queda claro que la separación fue un gran descubrimiento. Ahora podía leer lo que me viniera en gana, a una velocidad mayor y, sobre todo, sin interrupciones. Tal era la maravilla de encerrarse en ese mundo. Pero el gran acierto de mi casa materna consistió en nunca volverlo una obligación. Lo confieso, fui un niño un tanto ensimismado que, sin embargo, jugaba fútbol con los vecinos, pasaba las tardes en el parque, se dejaba seducir por un partido bajo la lluvia y, por supuesto, invertía sus mañanas de vacaciones viendo caricaturas.
Pero el germen de la bibliomanía ya estaba presente. No sólo me descubrí leyendo las cajas de cereal o los ingredientes contenidos en la pasta de dientes. Un buen día ya estaba en la regadera, con un cómic bien mojado pegado justo sobre la arista de azulejos. Quedaba inservible, es cierto, pero me permitía leer mientras me bañaba. Creo que fue entonces cuando empezó la compulsión. A la fecha, leo todo lo que se me aparece. No sólo lo literario, ni lo bueno, ni lo que me gusta. Sucede que no puedo dejar de hacerlo, me pongo ansioso, un poco colérico, me da por distraerme y mejor recurro al boleto del estacionamiento o al estado de cuenta de alguna tarjeta de crédito.
Entonces, ¿por qué?
Si desde niño supe que mi ideal era dedicarme a la lectura, resulta difícil explicar las razones por las que me metí a estudiar Ingeniería (Cibernética… y en Sistemas Computacionales). Puedo intentar varias respuestas. La mayor parte de ellas sirven para evadir la pregunta o para minimizarla. Entonces, sólo dos argumentos.
El primero: me fascinan (antes más) las matemáticas. Sobre todo cuando sirven de algo. Tenía algo de talento para ellas aunque no exagerado como para dedicarme sólo a esta ciencia. Entonces, una ingeniería… pero, hay un problema. Soy una nulidad dibujando. De ahí que haya sido en sistemas, cibernética. Debo decirlo sin empacho: disfruté mucho mi carrera, de ahí salieron grandes amigos y una estructura mental un tanto rara (hay quien dice que dicha estructura es previa porque todos los ingenieros son cuadrados y…).
El segundo: yo sabía de cierto que nunca dejaría de leer. Pero no quería que nadie me obligara a hacerlo. Siempre había sido una actividad liberadora, entregada, absoluta. No estaba dispuesto a correr el riesgo de que me hicieran odiarla por medio de trabajos e interpretaciones arbitrarias. Yo también había sufrido a ciertos profesores que prefiero olvidar. Por eso no quise estudiar Letras. Al menos no en ese momento. Ya más tarde tendría la ocasión para hacer una maestría al respecto pero ésa es otra historia.
Así pues…
…me fui decantando hacia lo que me gustaba. Desde hace tiempo tengo la certeza de que una de las cosas que más disfruto es que me cuenten historias. Sobre todo si el balance entre lo que dicen y cómo lo dicen me lleva a preguntarme los cómos o si el autor tiene la habilidad de perderme entre sus páginas. En verdad, como muchos de los que tienen este vicio incurable, yo pagaría porque me dejaran leer. Entonces estaría en la ruina.
Si bien hubo algunas experiencias previas, La Tertulia me ha significado un parte aguas en la vida. Tímido natural, nunca imaginé que mi voz apareciera semanalmente en un programa de radio. Y no aparecería de no ser por dos personas. Mayra es la primera. No sólo porque me ha enseñado que la lectura es un proceso que se continúa en la plática sino porque me ha contagiado (aunque sea sólo un poco) de sus capacidades comunicativas. Ustedes no suelen vernos pero, una vez al aire, basta un guiño, una seña o un asentimiento para que ella tome las riendas del programa, para que impida que me haga bolas, para que concrete la frase que estoy diciendo. Willy es el segundo. De entrada, por habernos dado la oportunidad de entrar a su programa. Pero más allá de esas primeras tablas necesarias, su presencia al otro lado del cristal basta para tranquilizar al más nervioso. Basta con pensar en algún programa en que el invitado no ha llegado (y tampoco avisado) para saber lo que es presión. Basta, más tarde, con ver a Willy para que la tranquilidad retorne al cuerpo. Entonces, mil gracias. A ambos. Por saber estar ahí, a mi lado.
A la hora de las manías
Confieso que van cambiando, se actualizan. Tienen sus épocas. Así:
• Soy un lector todo terreno. Aprovecho instantes, parado, sentado, acostado, en la regadera (ya no lo hago aunque me acabo de enterar que ya existen los libros contra agua y, bueno, es una posibilidad), caminando, mientras espero, mientras como, etc. Cabe aclarar que no sólo libros. Ya lo dije, soy bibliómano.
• He rayado, subrayado, doblado, engrapado y desencuadernado libros. También los he cuidado. Si tengo una pluma a la mano, la uso. De lo contrario, lo dejo.
• Me gusta leer en paz. Odio que me interrumpan. Como es inevitable, me aíslo, pretendo no escuchar y, cuando el libro es bueno, lo consigo.
• Tengo mis periodos. A veces soy compulsivo. Tras un libro viene el otro y el otro. A veces me lo tomo con calma. Decido no leer un par de días (libros, claro está). Me aburro pronto y vuelvo a las andadas.
• Me incomodo. Por algún desorden corporal en el que no he indagado, no puedo permanecer en la misma posición mucho tiempo. ¡Vamos! Ni siquiera poco. Cada página cambio de postura, reacomodo el cuerpo, paso el peso de un lado a otro.
De momento, ahí estoy. Ya seguiré ahondando en estos procesos de introspección. Mientras tanto, le voy a enviar este texto a Mayra para que le dé su visto bueno y me pondré a leer, tengo Tareas que cumplir, entrevistas que preparar y temas que abordar.
Por cierto...
He publicado mi primera novela y se llama "Los trenes nunca van hacia el este". Espero con ansias su lectura, sí, la de ustedes.


