Siempre he dicho que no hay forma más bella de perder la vista que dejarla en las páginas, y no expongo aquí un consuelo de miopes, lo digo en serio: Que mis ojos se pierdan en las historias, se los roben los personajes o se nublen en impredecibles desenlaces. Pero antes de que eso suceda, que vean numerosos lugares, que conozcan a diversas personas y que disfruten de las maravillas que otro escribió para mí.
Sí, soy Mayra González Olvera y soy lectora. Y no pienso dejar este vicio que hice mío hace ya bastante tiempo cuando descubrí en los libros la posibilidad de espiar en la recámara de dos amantes, la ocasión de odiar e insultar con palabras que jamás habían salido de mi boca, la habilidad de acariciar la ausencia. ¿Cómo abandonar un vicio si por culpa de éste lloré una muerte en el papel antes que en mi realidad? Después de todo, no puede ser tan malo. Este vicio me ha sacado de abismos (hundiéndome en otros, ni qué hacer), me ha dado ideas sobre las mejores venganzas (que se quedan en eso, en ideas), me ha dicho que soy hermosa (bueno a Claudia, a Julieta, a la Maga, a Avellaneda... que son la misma cosa, es decir, un yo mientras leo) y me ha hecho rabiar hasta decir basta.
Soy Mayra González Olvera y soy apenas una aprendiz de lector(a). Una lectora en ciernes frente a los autores que me persiguen, que me alcanzan o bien, que me pasan de largo. He aprendido de distintas plumas y seguiré haciéndolo sin detenerme. El universo de los libros es demasiado, es acumulativo, es aditivo (y adictivo, ya lo dije) y no cabe en una sola persona. ¿Cómo evitar que se desborde? Compartiéndolo. Por eso estoy aquí, entre ustedes. Por eso hago libros, por eso los cuido, por eso hablo de ellos... porque encerrarme en mi actividad lectora sería reduccionista, egoísta y absurdo (aunque no rime). Porque leer va más allá del inicio y del fin, de la portada y la cuarta de forros. Leer es no perder el asombro, la risa que se convierte en carcajada frente al interlocutor de papel ni el llanto que nos impide continuar. Leer es encadenar lecturas, las nuestras y las de otros. Leer es dialogar con un Baricco que ya no está en Turín sino aquí sobre mi escritorio. Leer es imaginar a Gaarder y a Carlos Fuentes peleando por mí, aunque en realidad sólo sean sus libros sobre mi buró combatiendo por ser los primeros en la lista. Leer es viajar al Congo sin tener que presentar mi cartilla de vacunación. Leer es siempre aprender a leer. Los invito, inténtenlo. Intentémoslo juntos. Aquí. Cuéntenme, ¿quién les ha enseñado a leer?